Cuando pasé por el Belén, San José me miró. Creyó que no lo había visto. Fue una mirada tenue, apenas perceptible, pero la advertí. Mirada de un espíritu revuelto; de súplica, de sospecha, de miedo. Lo vi. Fue un abrir y cerrar de párpados y mirarnos décimas de segundo. “¿Has sido tú?”, me preguntó.
Le hubiera dicho que no, que la quisiera, que María era más pura que la nieve, y que Dios la había escogido entre todas las mujeres para ser la madre de un Niño especial. Le hubiera dicho que la duda es mala y que podía acabar con la pareja. Que limpiara su alma de celos gratuitos, infundados.
Yo le comprendía: por nadie pase ver a su mujer en estado de buena esperanza sin haber intervenido en la paternidad. Aunque en su caso fuera distinto, y Dios sabría por qué.
La duda es mala, José, y no eres tú el primero. Leandro era feliz con su familia cuando le picó el gusanillo de los celos. No vivía pensando en un vecino guapo que saludaba atento a su mujer. Una noche cuando fue a acostarse, encontró junto a la cama unos gemelos de camisa. “¡Ah –se dijo-, ya tengo la prueba de su infidelidad”. Y luego vio que los gemelos eran suyos.
Francisco Tomás Ortuño
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