lunes, 21 de diciembre de 2015

FUGAS celosas.

Cuando pasé por el Belén, San José me miró. Creyó que no lo había visto. Fue una mirada tenue, apenas perceptible, pero la  advertí. Mirada de un espíritu revuelto; de súplica, de sospecha, de miedo. Lo vi. Fue un abrir y cerrar de párpados y mirarnos décimas de segundo. “¿Has sido tú?”, me preguntó.
Le hubiera dicho que no, que la quisiera, que María era más pura que la nieve, y que Dios la había escogido entre todas las mujeres para ser la madre de un Niño especial. Le hubiera dicho que la duda es mala y que podía acabar con la pareja. Que limpiara su alma de celos gratuitos, infundados.

Yo le comprendía: por nadie pase ver a su mujer en estado de buena esperanza sin haber intervenido en la paternidad. Aunque en su caso fuera distinto, y Dios sabría por qué.

La duda es mala, José, y no eres tú el primero. Leandro era feliz con su familia cuando le picó el gusanillo de los celos. No vivía pensando en un vecino guapo que saludaba atento a su mujer. Una noche cuando fue a acostarse, encontró junto a la cama unos gemelos de camisa. “¡Ah –se dijo-, ya tengo la prueba de su infidelidad”. Y luego vio que los gemelos eran suyos.


Francisco Tomás Ortuño

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