Don Cayo lo tenía comprobado: él obraba muchas veces de distinta forma ante los mismos hechos. Las mismas personas, en idénticas circunstancias, unas veces le agradaban y otras le molestaban; delante de los niños, unos días hablaba con ternura y otras con brusquedad; las mismas bromas y comentarios, unas veces le encantaban y otras le producían aversión.
No dijo nada y fue de un lado para otro. Idénticas circunstancias se daban en las demás personas, tanto en la calle como en las casas. Cuando vio que lo suyo ocurría también a otros, quiso poner remedio. Concluyó que la naturaleza era así: hacía ver las cosas de distinta manera según reacciones orgánicas, según su estado humoral.
Comprobó que los desequilibrios, los cambios de humor, obedecían a fenómenos atmosféricos, a fatigas corporales, a disgustos, a tensiones nerviosas, a ansiedades… Y los demás no se merecían que los tratáramos mal sin otro motivo que nuestro estado momentáneo. Y quiso descubrir lo que de forma tangible le indicara su situación humoral, su estado fisiológico.
Y tras muchas pruebas lo consiguió. Era fantástico. Un aparato pequeño, como los que utilizan con los conductores para ver el grado de alcohol que han ingerido, marcaba en una gama de colores nuestro estado emocional. Si mostraba el blanco estábamos serenos, amables, alegres; si el rojo, estábamos irritados, furiosos, prontos a saltar contra quien fuera.
Cuando el invento se patentó y divulgó, cada uno se miraba por la mañana como en un espejito mágico, se conocía, y actuaba en consecuencia. Se llegó a la conclusión, por bien de todos, que era más prudente quedarse en casa, sin ver a nadie, los días de rojo subido, y la vida experimentó desde entonces un cambio tremendo. Los actos vandálicos anteriores se debían a personas que no podían considerarse responsables de sus actos. Era una cuestión profunda con implicaciones sociales y éticas. Hasta el punto de que el mismo Código penal tuvo que revisar sus leyes. La vida ganó para la paz una baza de primer orden.
Francisco Tomás Ortuño
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