Escribo en el comedor. A mi izquierda, hay un reloj de péndulo. El ruido que produce es fuerte y armónico. Mamá pinta en el estudio de arriba. Ella es feliz con sus pinceles y yo con mi escritura. Pero este tictac, monótono y uniforme, me pone triste: advierto en él como una burla en su constante caminar.
Si yo pudiera detener el tiempo; si yo pudiera bloquear el curso de la vida igual que puedo retener a mi reloj… ¿Por qué no se inventará un aparato que permitiera frenar o acelerar el tiempo de las personas a voluntad? Sería bueno poder parar la vida cuando se pasa bien, o acelerarla en los infortunios.
Ya veo la risa maliciosa del Señor. ¿No detendríamos todos los relojes de nuestra vida y tiraríamos las llaves al fondo del mar para que nadie las encontrara? “Aceptad la vida como es y pensad que es la mejor imaginable”. Pero… ¿quién pudiera detener el tiempo como se para un reloj?
Francisco Tomás Ortuño
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