¡Qué envidia
Me dan esas manos
Que, a cada momento,
Se enredan jugando
Por entre tu pelo!
¡Qué envidia
Me dan de tu alcoba
Los mudos espejos,
Que miran a solas
Desnudo tu cuerpo!
¡Qué envidia
De toda la ropa
Que, en abrazo estrecho,
Se pasa las horas
Pegada a tu cuerpo!
¡Qué envidia y qué pena
Me dan esas manos,
Me dan los espejos,
Saberlos esclavos
Tan solo del cuerpo!
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