-Los pinos se cimbrean con el viento, sin poder moverse de donde están. ¿Qué no harían, Wifredo, si pudieran correr?
-En todas partes, y en cualquier momento, existe el factor suerte, Venancio. ¿Qué se merecen los árboles, en un incendio, para morir como el Santo de la Parrilla? Cuando vean el fuego que se acerca, se dirán los unos a los otros: “¡Llegó nuestra hora, hermanos; a morir como valientes!”.
-Es triste saber que no pueden huir, cuando con piernas podían escapar.
-A Juana de Arco la quemaron también en una hoguera, pero no es el caso; antes tuvieron que atarla.
-Hay muchas formas de morir con fuego, Venancio. ¿Qué pasó en Bamako el otro día? Unos terroristas entraron en un hotel y cerraron las puertas; luego se pegaron fuego y saltaron por los aires con más de cien muertos.
-Oye, Wifredo, esas muertes se vienen repitiendo últimamente: en un avión con pasajeros, en un hotel con turistas, en un bar con gente tomando el aperitivo, en un tren que llega a la estación… ¿qué explicación puede tener?
-Ya te dije que es la guerra del siglo XXI. Un bando se hace invisible. ¿Quién lucha, como antes, con alguien que no se ve? Son hijos de Alá, que promete un paraíso a los que mueren, y hay aspirantes por cientos para inmolarse. “¡Me toca, me toca a mí, lléname de bombas que me voy con Alá!”. Y en un avión, en un barco, en un mercado o una iglesia ¡zas! se pega un zumbido y allí es Troya.
-Pues sí que será difícil encontrar a estos enemigos invisibles.
-Y tan difícil. Tienen que tirar tiros al aire y que haya suerte; o lanzar bombas desde un avión y esperar que esté debajo el enemigo.
Francisco Tomás Ortuño
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