viernes, 27 de noviembre de 2015

FUGAS ciudadanas.


Sin duda, el pueblo de uno es como la tierra para las plantas. Un traslado puede ser perjudicial. En el mejor de los casos, se agradece volver al lugar de origen.

¡Cómo emociona recorrer las calles cuando hace tiempo que las dejaste! Es tu pueblo, que te viene justo a la medida. ¿Tú has llevado zapatos tiempo? ¿Verdad que los echas en falta si los cambias por otros, aunque sean más nuevos o más elegantes? No sé si el símil es exacto.

La tierra donde nacimos y vivimos de pequeños tiene la virtud de ser la que nos satisface y nos colma de gozo. Si es un caserío, será a ese puñado de casas donde deseemos volver. Si es un pueblo grande, lo mismo. Ese barrio, esas calles que recorrimos de niños forman parte de nosotros.

Yo vi llorar a mi padre cuando fuimos un día a la Fuente de las Perdices donde él se crió. Olía una alacena pequeña –sin duda más pequeña que él la recordara-  y decía: “Si cierro los ojos, creo que aún vivo aquí: siento su olor como hace sesenta años”.

Una mañana gocé esperando a mi mujer en la puerta del mercado. Cuántos recuerdos en esa zona, centro neurálgico de Jumilla, donde pasamos tantas horas en nuestra juventud: Teatro Vico, Glorieta, Caja de Ahorros, calle de la Feria…. Parecía que estaba allí desde siempre sin haberme ido: Un amigo que pasa, otro que saluda, aquel que se para contigo…


Francisco Tomás Ortuño

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