-¿A dónde vas, Gregorio?
-Voy a un entierro, Agustín.
-¿Quién se ha muerto, Gregorio?
-Se trata de mi propio entierro, Agustín.
-Bromeas, Gregorio, ¿cómo vas a ir a tu entierro? Si así fuera no estarías aquí hablando conmigo.
-No bromeo, Agustín, estoy aquí y voy a mi entierro.
-Si no me lo explicas mejor, pensaré que has perdido la cabeza.
-Hace tiempo que lo vengo pensando: Nada tan cierto como que tenemos que morir; ¿sabes de alguien que se haya librado? Esta regla no tiene en la Historia ni una sola excepción. Se cuenta que hubo algunos ancianos en la antigüedad que pasaron de los quinientos años, pero al fin murieron. Ni uno se salvó. Y de estos pienso que con otras varas de medir el tiempo, que igual llamaban años a los meses o a los trimestres. Un filósofo alemán, Schopenhauer, decía, y esto me lo creo más, que el hombre tiene cuerda para vivir cien años; del uso que hagamos depende que agotemos nuestro tiempo o que nos quedemos en el camino. El que consigue llegar a la meta, un día se apaga solo como una vela o como una capuchina cuando se agota el aceite.
-Vuelve al principio, Gregorio, ¿cómo es que dices que vas a tu entierro?
-Hay cerca de mi casa una Funeraria llamada Saturnina. Cuando paso por su puerta, le digo por lo bajo: “Luego vendré a hablar contigo”. Pero se va pasando. Hasta que esta mañana me he dicho: “De hoy no pasa: voy a saludar a Saturnina”. Y allí iba.
-Mañana me lo cuentas, Gregorio, que esos negocios no me van mucho. Hasta la vista.
Segunda Parte.
-¡Hola, Gregorio, ¿fuiste a saludar a Saturnina?
-Estuve, Agustín; me recibió un señor, llamado Pepe, que me dijo que tenía noventa y cuatro años. Presumía de los mismos como si con ello dijera que los servicios de la casa alargaban la vida. Amistosa fue la entrevista, sin miedos al más allá, como la cosa más natural del mundo.
-¡Hola, Gregorio! –me dijo-, ¿vienes al último viaje? Y me lo dijo riendo, como si me abriera la portezuela de un taxi preparado para partir.
-Quería saber… -le dije.
-Aquí no hay mucho que preguntar; todo queda en lo mismo: inhumación o incineración.
-¡Hombre, Pepe, quería saber precios, calidades, quién certifica el deceso…
-Volvió a soltar una sonora carcajada antes de decir: Muerto el perro, se acabó la rabia, ¿a ti qué más te da que te da lo mismo, Gregorio, para ese viaje?
Francisco Tomás Ortuño
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