domingo, 29 de noviembre de 2015

Fugas seculares.

Mi casa de Santana se ha convertido en otra dependencia de la de Murcia. Hoy aquí, mañana allí, y viceversa. El teléfono es la campana que antes usaban los señores para llamar. No hay distancias hoy, ni obstáculos que impidan reunirse las personas cuando y donde les plazca. Si una persona te llama, en menos que canta un gallo, estamos con ella.
¿Será lo nuestro insufriblemente lento para un próximo futuro? ¿Lo verán nuestros nietos luego como vemos nosotros a los abuelos, que iban con carro a otra ciudad y tardaban varias jornadas para ir de Murcia a Alicante, por ejemplo? Yo así lo espero.
Al ritmo que vamos, creo que no hará falta ni moverse de donde estamos: con una pantalla de televisión privada estará resuelto el problema. ¿Para qué el teléfono? ¿Para qué el coche? El médico podrá recetar desde su despacho al enfermo a dos mil kilómetros de distancia, y los hijos quizás podrán desplazarse en décimas de segundo. La ciencia se ha disparado y no parará hasta llegar al fin.
El siglo XXI será el siglo de los descubrimientos en serie: comidas sintéticas, comunicaciones mentales, vuelos supersónicos, viajes submarinos, visita a otras galaxias… Algo que hoy ni se piensa, como no podían pensar lo nuestro nuestros abuelos.
El siglo XX ha despertado de un sopor de milenios para entrar en el asombroso y desconcertante paraíso de la Era moderna. Tres generaciones han bastado –nuestros padres, nosotros y nuestros hijos- para vislumbrar lo que nos aguarda. El siglo XX en la Historia del mundo ha sido un siglo puente, el pórtico de la vida nueva, que ha comenzado sin duda en el siglo XXI.


Francisco Tomás Ortuño

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