lunes, 16 de noviembre de 2015

Fugas de miedo.

Anoche nos acostamos sobrecogidos, asustados, con la noticia de París.
-¿Qué noticia?
-¡Más de cien muertos aquí y allá por terroristas!
-¿Cómo?
-Por varios puntos de la ciudad, fueron yihadistas a cara descubierta pegando tiros y sembrando de cadáveres el suelo. Cundió el pánico y la noticia saltó fronteras llegando pronto a todos los países del mundo. ¿Cómo te explicas, Servando, que esto ocurra en el siglo XXI?
-Es la guerra, Remigio, que va con nosotros. Antes con flechas, luego con armas de fuego y ahora con camuflajes: entra un individuo a un gran comercio lleno de gente, prende fuego a una mecha que lleva en el bolsillo y produce una masacre: saltan por los aires él, el público y los productos. Y a ver a quién le pides cuentas del desastre.
-Seguro que están organizados y dirigidos por mentes diabólicas que les hacen creer que van al Paraíso a gozar de lo que aquí no tienen. “¡Qué suerte, que vas a morir matando como quiere Alá!”. Y ellos se inmolan, se autosacrifican tan contentos.
-No comprendo, Servando, que se llegue a semejante fanatismo.
-¿Qué ocurrió en Nueva York con las Torres gemelas? Lo mismo. Son pilotos suicidas que llevan la misión de asesinar a miles de personas. Es la guerra de hoy. Que Dios nos libre de estos atentados en los que mueren Sansón y los filisteos. Si un avión explota en vuelo y caen al mar los ocupantes hechos trizas, a buscar la caja negra a ver qué dice. Es una orden yihadista a un “afortunado” para ir pronto con Alá. Si mañana un campo de fútbol, lleno hasta la bandera, salta por los aires como le pasó a Carrero Blanco, es que otro yihadista camuflado entre el público, ha pegado fuego a las bombas que lleva debajo de su camisa. ¿Y quién iba a pensar que el tal “hincha” de un equipo iba pensando en suicidarse para verse con Alá. Es una guerra nueva. Cuando había dos frentes, los unos luchaban contra los otros y el que más podía ganaba la guerra; pero aquí, Servando, el enemigo no se ve, está camuflado, y de pronto ¡zas!, te la pega. Eso es justo lo que pasó en París con los parisinos y recemos para que el virus no traspase los Pirineos.

Francisco Tomás Ortuño





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