-¿En qué acabaron los atentados parisinos? Que muchas cosas se sabe cuándo empiezan pero no cuándo terminan. Y lo de la noche de París podía ser una de ellas. Suponte que siguen en Madrid o en Lisboa.
-Basta, basta, no seas agorero, Sebastián, no sea que nombrándolos aparezcan. La Noche Triste de París fue como la de Hernán Cortés en Méjico cuando conquistó aquellas tierras. Murieron ciento veintiséis en distintos lugares, y más de doscientos heridos que se libraron de milagro. Ahora se cuentan hechos que pudieron acabar peor. Uno, por ejemplo, enseña un móvil salvador donde impactó el tiro que le hubiera dado en su cuerpo. En estos fregados se cuentan siempre sucesos similares. Mi tío Paco, hermano de mi padre, luchaba con otros compañeros en la guerra del treinta y seis, cuando vieron venir al enemigo hacia la trinchera donde ellos estaban, y se hizo el muerto entre los demás que cayeron de verdad a balazos. Cuando pasaron por encima y se alejaron, se levantó él y salió corriendo en dirección contraria.
-¿Pero cogieron luego a los terroristas?
-Estos van preparados para morir matando. Son de los que dicen: “Muera Sansón y los filisteos”. Pero pronto, Hollande, François Hollande, Presidente de la nación gala, mandó aviones con bombas para atacar a los yihadistas.
-¿Tú crees que hizo bien Hollande mandando esos aviones? ¿No es la Ley del Talión: “Diente por diente?”. ¿No enseña la doctrina cristiana que debe ponerse la otra mejilla si te dan una bofetada?
-No sigas, Olegario, que una cosa es una bofetada y otra distinta que vengan a tu casa a matar a los que se divierten en una fiesta. Dejar que te liquiden es cobardía. Hasta Jesús si estuviera delante aplaudiría la medida del Presidente francés.
Francisco Tomás Ortuño
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