jueves, 12 de noviembre de 2015

FUGAS sorpresivas.

-Hoy ha vuelto la calor, Valeriano.
-Son coletazos del verano, Isidoro; pronto vendrán los vientos, las lluvias y los fríos. El año se repite en sus contadas estaciones como si fuera un tiovivo. C´est enervant á la fin, que diría un francés castizo. Primavera, verano, otoño, invierno: calma, calor, declive y frío. Una y mil veces lo mismo. Nuestros antepasados de las cavernas ya pasarían por lo mismo: Primavera reventona, parturienta; verano jovial, exultante; otoño amarillo, decadente; invierno exangüe, inanimado, blanco como sudario.
-El hombre cambia lo mismo, Valeriano, en el transcurso de su existencia. ¿Tú has visto fotografías de una persona de año en año?  Es como ver una película a cámara rápida: se ve crecer con celeridad diabólica, y se observan los cambios que se operan en su cuerpo. Aquí lampiño, aquí con barba, aquí sin pelo; en este con piel tersa y en aquel arrugada. Es curioso ver como se transforma el individuo. Se ve desfilar una vida a grandes zancadas, pero suficientes para reparar en los cambios corporales habidos desde la cuna.
-Y si tal cambio se da en el físico, Isidoro, ¿qué ocurre en la parte espiritual? ¿Se mantiene inalterable? ¿Es igual el pensamiento a los quince que a los cincuenta o setenta años? Un diario pertinaz, constante y duradero serviría para hacer la prueba. Las ilusiones de los veinte quedarían reflejadas en la foto de la misma forma que los desengaños de los setenta. Siendo la misma persona, ¿cómo va a sentir, desear, esperar o querer de la misma manera y con igual intensidad? Sería interesante la prueba. Un buen diario reflejaría incontables curiosidades de su autor para quien lo leyera con interés. No solo apreciaría esa constante metamorfosis corporal y sentimental, sino la euforia juvenil o la astenia de la senectud.


Francisco Tomás Ortuño

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