-Murcia, las ocho, en mi camarín. Las nubes siguen, como ayer, agrupándose unas con otras, ¿qué tramarán, Eusebio?
-Igual llegan a un pacto y se van como vinieron, ¿quién sabe, Demetrio? Las cosas de arriba solo las conoce quien tú sabes.
-¿Has reparado, Eusebio, en que los hombres del planeta vivimos en el fondo de un mar? En la atmósfera se forman las nubes y demás fenómenos atmosféricos, y nosotros abajo, junto a las rocas.
-Hay otro mar, el de los peces, que es de agua. Si sus habitantes salen de su medio se mueren.
-¿Qué nos pasa a nosotros fuera del nuestro? A veces creo que Dios no pensó que su obra podía alterarse como lo hizo, Eusebio: “Vosotros por el cielo, vosotros por el mar, y el hombre en tierra firme, donde poder andar, correr y saltar”. Y luego este totum revolutum. Sobre todo el hombre, que igual quiere volar como los pájaros que entrar en las zonas abisales de los peces.
-Debió de ser por su inteligencia, Demetrio: se creyó más que nadie y no se conformó con lo que le dieron. Quizás fuera orgullo. ¿Qué le pasó al demonio?, que por envidia se perdió también. No se conforman con la vida que les dieron: “Vosotros, ángeles, a hacerme compañía; vosotras, aves, a alegrar el aire con vuestros trinos; vosotros, peces, a poblar las aguas; vosotros, animales de tierra, a vivir en armonía, y vosotros, hombres, a imagen y semejanza nuestra, tendréis inteligencia para comprender lo que es bueno y lo que es malo, y no sabréis lo que son enfermedades ni la muerte.
-¿Por qué no se quedaría ahí, justo ahí, sin pasar de ahí? Y no haber permitido que el demonio tentara a Eva en el Paraíso; que los hombres tuvieran envidia; que los peces se comieran los unos a los otros, y que las aves ensuciaran las obras de los hombres. Una serie de calamidades que no tuvo en cuenta el Señor, y llevó a este maremágnum que tenemos hoy.
-Vale, vale, Demetrio, ya te has desviado de nuevo. Las cosas están como deben estar. Igual es una prueba para ver quién la supera, como hacen los atletas en los Juegos Olímpicos. Vamos a dejarlo y mañana será otro día.
Francisco Tomás Ortuño
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