FUGAS de mi capirote
El billarista murciano José Carrillo, varias veces campeón de España y figura destacada internacional en el deporte, jugaba al billar con canicas cuando solo tenía ocho años. ¡Qué buenos ratos pasaría en su vida con las bolas y los tacos! Eso lo sabemos bien los que compartimos su afición, aunque no pasemos de diez o doce carambolas de tacada.
Se cuenta que estaba una vez de mirón desconocido en un lujoso salón donde jugaban graves señores, y el ganador de turno, todo eufórico, se dirigió al público para retar a quien se atreviera a jugar una partida con él. “¿Quiere alguno de ustedes medir sus fuerzas conmigo?”.
José Carrillo, sin abrir la boca, dio un paso adelante y cogió un taco. Los presentes se reían de su atrevimiento. El campeón le miró arrogante mientras que untaba con tiza la zapatilla de su taco. José miró la mesa sin abrir la boca. Ya no tenía ojos más que para las bolas que tenía delante.
Le tocó en suerte la salida a José. Cuando se disponía a tirar, los entendidos y el ganador que lo había retado, por sus gestos y movimientos supieron que tenían delante a un billarista. Irían a cincuenta carambolas. Una, dos, diez, treinta… El asombro iba subiendo de punto en cada jugada. Cuando hizo las cincuenta seguidas, el aplauso fue general.
José dejó el taco, saludó cortésmente y se marchó. “¿Quién es este hombre?”, se preguntaban. ¡Qué lección de humildad para el que pensaba que él era el mejor y que su triunfo era seguro!
Francisco Tomás Ortuño
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