Creo que el lugar se llama “Casa Vieja”. Por los Maristas del Malecón, frente al Convento de las Monjas Capuchinas, hay un restaurante o merendero adonde la gente acude a comer como a la casa de un amigo en la huerta.
Y eso hicimos nosotros el pasado domingo. Con reserva previa, bajo enormes parasoles, ocupamos una mesa larga, junto a otras treinta o cuarenta ocupadas, en un patio enorme.
Unas señoritas ucranianas atendían las mesas como pirotécnicos en una noche de feria. Pasamos tres horas deliciosas platicando, mientras que los niños jugaban, como otros niños, cerca de los papás.
Estos comedores tienen porvenir. Cada vez más, con el trabajo de la mujer, se ve la necesidad de comer fuera de la propia casa. En Jumilla conocemos los salones Pío XII y la Estacada; aquí Baobar, Maná y ahora la Casa Vieja. En todas ofrecen comida a la carta y buenos servicios sin tener que preparar comidas ni después fregar los platos. Los tiempos imponen sus modas según necesidades.
Francisco Tomás Ortuño
No hay comentarios:
Publicar un comentario