Juan hubiera querido ser invisible. Nada hubiera deseado tanto como estar entre la gente sin ser visto; como entrar a las casas con las puertas cerradas; como escuchar sin que nadie lo viera; como ver a los demás sin que lo vieran a él.
Era como una enfermedad. Un día se lo dijo al médico. Y el doctor le dijo que conseguiría su sueño estudiando una carrera. “Estoy dispuesto a todo”, dijo Juan. “Entonces, ánimo, hágase Maestro de Escuela”, fue la respuesta de don Antonio. “Y cuando haya terminado, venga a verme”,
Pasaron años de estudio y sacrificios. Al fin, con su título debajo del brazo, fue a ver de nuevo al médico. “Aquí estoy otra vez, don Antonio; como ve, he seguido su consejo: Ya soy Maestro de Escuela, ¿qué debo hacer ahora?”. El médico se le quedó mirando y le dijo: “Ahora a su Escuela y dentro de un año viene a verme”. La escuela estaba llena de niños. Juan esperaba ansioso que llegara el año propuesto para volver a la consulta de don Antonio. Cada vez quería con más ansiedad ver sin ser visto, escuchar sin que repararan en él. Pasó un año y volvió a la consulta esperanzado.
-Y bien –le dijo el doctor- ¿no tiene ya lo que quería?
-Doctor, no comprendo. Llevo años haciendo lo que me manda con el propósito de hacerme invisible: he estudiado una Carrera, he pasado un año enseñando a niños, y ahora me dice que ya he logrado lo que buscaba; pues no lo entiendo.
-Lo que deseaba ya lo tiene. Es cuestión de que se fije atentamente. En la Escuela, cada niño es un espejo mágico por donde usted puede ver su casa por dentro, a sus padres cómo son, cómo hablan, cómo se comportan; usted puede, sin que nadie lo vea como pretendía, entrar a las casas y verlas por dentro a sus anchas. Con la ventaja de que puede cambiar lo que no le guste a través del espejo.
Francisco Tomás Ortuño
No hay comentarios:
Publicar un comentario