martes, 8 de diciembre de 2015

Fugas terrenales. El enfermo.

¿Es grave? ¿No es grave? Esa era la cuestión. Los síntomas empezaban a preocupar. Nadie hablaba abiertamente de la enfermedad, pero todos pensaban en qué ocurriría si se agravaba el enfermo. Porque su aspecto era sumamente preocupante.
Llegó un momento en que el silencio se rompió. A una, todos estallaron: ¡¡Basta!! Fue la palabra mágica que les hizo tomar una decisión. Entonces deliberaron sobre quién sería el galeno más indicado para esta clase de mal. Según opiniones bien fundadas, solo había dos o tres sabios que podían atajar la enfermedad.
Uno residía en Japón; otro en Nueva Zelanda; el tercero en Canadá. A los tres se acudió sin pérdida de tiempo. Tres comisiones emprendieron viaje a estos tres puntos de la Tierra para exponer el estado en que se encontraba el enfermo.
Los tres sabios escucharon con atención, los tres sonrieron misteriosamente, y los tres pidieron tres días para ofrecer su diagnóstico. Los tres, tan distantes, coincidieron en todo. Los emisarios cuando se vieron comprobaron que hasta en los más pequeños detalles. Lo cual les satisfizo.
El remedio consistía en un largo reposo, en un descanso prolongado. Cuando se esperaban curas difíciles, intervenciones complicadas, se limitaron a escuchar reposo. El enfermo necesitaba descanso. Coincidieron también en que no era fácil aplicar el remedio, pero por su bien, había que tomar medidas muy severas.
Había que parar las guerras; había que cerrar fábricas que contaminaran el aire; que suprimir vertidos al mar que atentaran contra la vida de los peces; había que cambiar los vehículos a otras energías que no tuvieran tubos de escape. Y de esa forma, con severas revisiones periódicas, el enfermo Planeta se recuperaría.


Francisco Tomás Ortuño

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