Hace unos años, mi hijo Miguel encontró en Coimbra una vasija ibérica de cerámica, de unos diez centímetros de alta por ocho de diámetro, debajo de unas piedras monumentales, en terrenos apartados durante siglos del paso de la gente. Según él, terreno proclive a este tipo de hallazgos: en la falda del monte en que se encontraron las célebres “caras” que hoy se exhiben en el Museo Arqueológico de Jumilla., y que, según los expertos, corresponden a un Santuario desaparecido.
¿No se encontró don Marcelino de Sautuola por casualidad las célebres pinturas rupestres de la Cueva de Altamira? ¿Por qué no podía mi hijo hacer lo mismo ciento catorce años después? Lo que está reservado a cada uno le llega como llovido del cielo. Cuántos y cuántos han pasado a la Historia sin otro mérito que la casualidad. Se cuenta que por azar descubrió Newton su famosa Ley de la Gravedad; y que Arquímedes se estaba bañando en una tina cuando dio con su famoso “Principio” y salió desnudo por la calle gritando: ¡Eureka!, ¡eureka!
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