Y fuimos a la boda. El banquete, festín o comilona, tuvo lugar en un Hotel. ¡Qué derroche, Señor, qué desenfreno, cuando se habla de crisis y de falta de trabajo! ¿Estamos locos? ¿Ha perdido la sociedad el sentido de lo justo, de lo razonable, de lo que está bien? Cientos de personas reunidas en un salón enorme para comer a dos carrillos, como hacían los romanos en sus fiestas paganas.
En estas celebraciones se retratan las personas. Hay tres momentos clave, diferenciados, en estas comidas pantagruélicas: el de la entrada al salón buscando dónde sentarse o emplazamiento; el de la comida propiamente; y, por fin, cuando se habla distendidamente, tras la comida, con los vecinos.
En el primer acto, cada cual se revela como es en las prisas por coger sitio, en la mirada a los manjares y en no ceder ante los demás por la conquista de la plaza.
En el segundo acto es donde se ve mejor quién es cada uno por la forma de comer, en su glotonería y en cómo se comporta con los platos de sus vecinos. Tienen la suerte de que nadie en este punto observa a nadie; cada cual está en su particular función. Pero ah, un observador atento no pierde el momento para dejar su vista suelta y observar a los voraces comensales.
Y el tercer acto, satisfechas las andorgas o barrigas, ojos brillantes y brazos gesticuladores, cada cual es un libro abierto que muestra a las claras lo que tanto esconde en otras situaciones, en circunstancias normales de la vida. “Este soy yo”, parece decir a quien se presta a mirar.
Francisco Tomás Ortuño
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