lunes, 26 de octubre de 2015

Fugas escandalosas. Constantemente.

Otro día idéntico al de ayer. Tan idéntico que sin fecha podía pasar por el mismo. Y sin embargo han transcurrido veinticuatro horas: Un día con su noche en medio y sus cosillas de andar por casa. En estas cosillas de andar por casa podría incluir un viaje a Valencia, la Confirmación de mi nieta Raquel en la parroquia del Rosario, la comida con mis hijos, y un largo  etcétera.
Será repetirme, pero creo que no hay dos días iguales, como no hay dos personas iguales, ni dos flores iguales. Hasta diría que uno cambia constantemente, como cambia el día, la noche y esta mesa donde escribo. ¿Cómo puedo yo ser el mismo que era ayer? Un niño y un anciano, aunque correspondan a la misma persona, son distintos. Las once de la mañana no son las cinco de la tarde, aunque sean ambas horas del mismo día.

¿Y cuándo se verifica el cambio? Siempre, en cada décima de segundo, en cada milésima. Vamos cambiando sin darnos cuenta, en todo momento. Ergo, yo no soy el de ayer. ¿Te imaginas el universo como un todo? Pues cada astro que lo compone va cambiando como tú.

Francisco Tomás Ortuño


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