Vengo observando de un tiempo acá, y casi me obsesiona, que el hipotálamo rige en gran medida nuestra existencia; que opera como un vigía situado en la base del cerebro.
¿Cómo te diría yo? Los guardias forestales o guardabosques atisban a lo lejos con prismáticos cualquier conato de incendio y dan la alarma: “¡Peligro, corred, fuego a la vista!”. Algo así es el hipotálamo en nuestro organismo.
Supongamos que detecta una bajada de temperatura. Entonces llama al hígado para que suelte más azúcar, que sirva de combustible a los músculos. Que sube en exceso la misma, ordena que se abran miles de glándulas sudoríparas para que baje el calor.
Francisco Tomás Ortuño
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