viernes, 23 de octubre de 2015

FUGAS milenarias : COIMBRA A mi hijo Miguel

Tocado con mi gorra y apoyado en mi bastón, emprendí la marcha una mañana. Bordeando el Everest roaliquero, que se remata en una tosca cruz, di con  piedras colosales. Ascendí con sigilo: algo me decía que pisaba tierra ibérica, piedras prerromanas, restos de cerámicas anteriores a Jesucristo. Cuando, ¡oh sorpresa!, cerca vi hileras de piedras formando habitaciones, donde ¿quién sabe? vivieron antepasados nuestros hace miles de años.

Pisando estos lugares se siente devoción por la historia. Santa profesión la del arqueólogo, que, con paciencia, rescata poblados y descubre culturas enterradas. Yo, a la vista de semejantes hallazgos, hubiera corrido a buscar a un equipo de profesionales; y, de haber podido, les hubiera asegurado una subvención para que desentrañaran los misterios que guardaran aquellas piedras, arcos, flechas, pinturas, ajuares, etc.; saber de qué época histórica eran y conocer  a los que vivieron antes que nosotros.

Esa es la labor de los arqueólogos: rastrear el paso del hombre por la Tierra para recomponer científicamente su historia… En su unidad, tenemos que ir descubriendo sus partes en el camino. La gran gloria del hombre sería poder ofrecer –como en una vitrina la vasija recompuesta- la historia de la humanidad desde su origen hasta nuestros días…

Francisco Tomás Ortuño

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