Cuenta Marcos en su Evangelio del domingo, que los hermanos Juan y Santiago le dijeron al Señor: “Maestro, nosotros queremos estar luego en la gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda”. Y Jesús les contestó: “No sabéis lo que pedís; además, no me toca a mí concederlo”. Y luego continuó: “El que quiera ser primero, que sirva a los demás”.
Quiso decir el Maestro que para merecer hay que luchar; que no es solo cuestión de querer en la vida, sino de merecer con el trabajo y la constancia. En una carrera salen muchos, como en la maratón del domingo en Murcia, pero solo hay uno que llega primero a la meta; este ha debido prepararse bien. En los estudios, lo mismo: solo unos cuantos terminan; y de estos pocos, siempre hay quien gana a los demás.
Se cuenta que Cicerón era de origen humilde y llegó a ser un gran orador y buen político. Un abogado, Metelo Nepote, envidioso, le preguntó delante de otros por su padre, con intención de humillarlo. Y Cicerón le respondió: “Todos lo saben y tú el primero; pero pregunta tú a tu madre quién fue el tuyo”. La respuesta hizo reír a los que presenciaban la disputa dialéctica. Y el abogado se retiró.
Ayer, en la “FUGA mañanera” que mando a los amigos, comenté un artículo que trae la Revista Selecciones: “Magia de nuestro cerebro”. En su evolución, hay un paso que le permite razonar, estadio al que no han llegado otros animales. En esta fase, el hombre se enamora y ama, pero también posee –adquiere- vicios como la soberbia, la envidia o la avaricia. ¿Es evolución o involución? ¿Sería mejor no haber evolucionado la especie y haber quedado en la fase anterior como el resto de animales?
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