-Murcia, de nuevo en mi reducido camarín.
-Reducido pero suficiente, Manuel, que tú con tener donde apoyar el cuaderno, tienes bastante.
-Y una silla donde sentarme, y un bolígrafo con que escribir, y la cabeza o fuente de las ideas…
-Claro, claro, lo principal es la cabeza, de donde manan las ideas. Sin cabeza sobraban mesa, silla, cuaderno y boli, que traslada las ideas como por una cascada al papel. Y las ideas, Manuel, ¿de dónde vienen? ¿O es que brotan de la nada?
-Vendrán de algún sitio, Clemente, como las aguas de un río, digo yo. El hombre es el único ser que tiene ideas. No verás otro, animal, vegetal o mineral, que las tenga y que bajen por un tobogán a un cuaderno donde posarse. Y es que Dios dijo: “Hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra”. Y en esa gracia estaba, por lo visto, la de crear de la nada que tiene el hombre. No con la perfección divina, ni con su grandeza, como el mar y el cielo, pero sucedáneos como las novelas y los cuentos.
-Y los edificios.
-Los edificios necesitan de otros materiales como el hierro y el cemento, pero las creaciones de la mente no tienen fundamento. Son algo así como un chispazo, que salta cuando no lo esperas, y ya están ahí, con vida, sin saber cómo han llegado ni quién las ha traído. Como la vida de un niño, que nace un día como la luz cuando se juntan dos cables.
-¿Cómo crearía Dios el Universo? ¿Cómo sería el primer momento del que surgiera todo?
-Pues igual, Clemente, el hombre tiene sus pequeñas creaciones, por más que a él le parezcan grandes.
Francisco Tomás Ortuño